Ignacio Valdez

Zavaleta Lab (Buenos Aires). N° 223, Mayo de 2006.

En el panorama del arte actual en la Argentina, hay una nueva generación emergente que empezó a participar activamente en el mundo del arte en 2000. Estos artistas se hallan muy alejados del kitsch que invadió casi por completo la década anterior. En ellos, se pueden vislumbrar dos tendencias preponderantes. Por un lado, la estética trash, con instalaciones que despliegan de manera barroca una enorme cantidad de elementos dispersos como un arte de laboratorio y experimentación (Leopoldo Estol, Diego Bianchi). Por otro lado, hay un incipiente movimiento en el que se puede situar la producción de Ignacio Valdez (1978), que retoma la intimidad de la práctica pictórica del artista a solas en su taller, religándose con el goce más artesanal del pincel, el soporte y algunos ítems que marcaron las bases del arte moderno, sin las estrategias conceptuales que imponen de manera casi categórica el rumbo del arte en ferias y bienales. En esta línea se sitúa también la producción de Alejandro Bonzo, Juan Becú, y Nahuel Vecino. 

Así, en toda la hoja se titula la muestra de Valdez, una serie de dibujos realizados en lápiz negro. Valdez completa de manera casi agobiante toda la superficie de la hoja con líneas de grafito en las que se intuye el temblor de su mano, el gesto medido y la actitud despojada de usar la textura del lápiz para realizar sus monocromos en negro. Hay una seducción visual en el brillo del grafito que varía en función de la iluminación y la cercanía o el alejamiento del espectador que observa. La sensualidad del lápiz genera el impulso de pasar la mano y tocar las superficies que en su brillo parecen láminas metalizadas. 

Valdez trabaja el grafito con infinitas líneas que, al superponerse, generan una trama cerrada, como una cartografía de capas geológicas. En otra serie, el artista dibuja su autorretrato con pequeñas cruces, armando una caligrafía de letras “x” que construyen su silueta. Representado de cuerpo entero, las “x” van ocupando el cuerpo de la figura que circula en actitudes cotidianas mientras camina o atiende su teléfono celular. Sin estridencias, la obra de Valdez manifiesta un candor pausado de gran intensidad poética.

POR LAURA BATKIS