Cynthia Cohen – Exclusiva

Exclusiva, en libro Folklore expresivo, de Cynthia Cohen, ediciones Arta, Buenos Aires, 2022.

A Cynthia la conozco desde siempre. Pero me acuerdo de manera muy precisa del día en que la descubrí artista. Fue mientras ella atravesaba la crianza de Sofía y Natalia y hacía destrezas para seguir formándose en talleres de arte cuando ya había pasado por la Escuela de Arte Prilidiano Pueyrredón. Asistía a
inauguraciones, siempre con alguna de sus dos hijas de la mano o en brazos. Al borde del agotamiento, pero sin claudicar, asistía al taller de sus dos maestros: Marcia Schvartz y Pablo Suárez.

Cuando a Pablo Suárez le dieron el premio al artista del año en 2005, se paró en el auditorio del Malba y dijo – frente a una asistencia que desconocía que sería su última salida pública- “ Este es el premio a la resistencia. Porque ser artista es resistir y persistir”.

Tal vez esas palabras de quien fuera uno de sus maestros la ayudaron a seguir a esa niña mujer -delgadísima- que en su primera muestra anticipaba 20 años lo que sería la bandera del feminismo de hoy. El sometimiento a un modo de vida patriarcal, que la iba desgastando mientras ella plasmaba su universo con su trabajo. Cohen dejó un modo de vida y permaneció en el arte, la actividad que mantiene y la sostiene mientras todo lo demás transcurre. Como nos pasa a varios en este mundo, el arte es eso que sigue sucediendo siempre.

Marcia le dio seguridad para no abandonar lo que amaba: la pintura. Era un momento en el que se pensaba que las ideas eran un terreno exclusivo del arte conceptual. También hoy persiste esa antinomia entre pintura y concepto. Es una batalla absurda, generada tal vez por un malentendido, o una mala
interpretación de Duchamp y lo que él llamaba arte retiniano hace más de un siglo. No olvidemos que en L.H.O.O.Q. hay a la vez una burla y un escondido homenaje a esa frase extraordinaria de Leonardo Da Vinci, “La pintura es cosa mental”. Si la pintura también es cosa mental, tal vez sea que el arte siempre es
algo mental o una idea interesante, novedosa, inaugural, que puede estar pintada, pensada o escrita. Entonces habría que repensar cuándo hay una idea o un pensamiento reflexivo. No importa el medio sino de qué estamos hablando en cada momento.

Pablo Suárez solía hacer citas. Sabemos que eran aproximada o parcialmente verdaderas, pero eran siempre muy certeras. A todos los que estuvimos cerca de él (Como Cynthia) nos repetía hasta el cansancio una frase que habría dicho Antonio Berni: “El arte no se define por los ingredientes sino por el sentido con el que se los usa”. Y ahí está el asunto. El sentido y la reserva de sentido y cómo una obra resiste el tiempo. Lo que pasa solamente cuando esa reserva de sentido se sigue reactivando con nuevas interpretaciones. La “presencia real” en el significado estético o el “aura”.

Y si hablamos del maestro de varias generaciones, toca ahora pensar en ese lugar al que fue Cynthia, el taller de Pablo. Suárez nunca enseñó a ser artista ni a dibujar ni a nada. Para él enseñar arte era transmitir entusiasmo”. El entusiasmo era la llave del Paraíso, el Eros, las ganas. Sabemos que en Suárez eso fue una especie de Dogma. Trabajar con entusiasmo, pasión, ganas, y hacer cualquier otra cosa para vivir, pero evitar trabajar para el mercado. Su taller era un lugar donde se conversaba de todos los temas. No había un horario. Los alumnos podían llegar el día asignado en cualquier momento y se metían en la charla, o asistían en silencio y escuchaban. Se discutían muestras, artistas. Se hablaba de todo. Del amor, el sexo, el arte, los libros. Pablo era un artista monacal que vivía en un taller con una televisión en blanco y negro, un mate, libros y no mucho más. Él tenía algo de ese ascetismo extremo que lo llevaba a rechazar casi cualquier cosa que no le interesaba para no perder el fuego sagrado del deseo. Podías dar clases, pintar paredes, boxear o hacer cualquier cosa rentable pero nunca venderle el alma al diablo del mercado. Cynthia estuvo ahí, en ese lugar del último romántico. Fue testigo y parte de esos dorados años 90 que hoy son materia de estudio, revisión y reinterpretación. Algo por completo inimaginable cuando todo sucedía en un pasillo del Rojas, en la galería Ruth Benzacar y el ICI (Instituto de Cooperación beroamericana). Y en algunos pocos de los llamados “espacios alternativos” que no sobrevivieron al diluvio, pero que mantienen intacto el resplandor. Como Belleza y Felicidad, Sonoridad Amarilla. Incluso la galería Gara que fue pionera en muestras de artistas que luego serían muy reconocidos varios años después.

Cohen fue parte de ese momento inaugural donde algo estaba pasando, pero uno no era muy consciente de qué se trataba. Siempre después de una inauguración se seguía discutiendo sobre la muestra. Podía ser en el restaurante El Navegante, o en el bar Los 36 billares. Pertenecemos a una generación que recuerda lugares que ya no existen, porque los 90 fueron el momento en que todo aquello con lo que crecimos fue cambiando al ritmo de la globalización. Tal vez por eso en varios artistas hubo una necesidad de hacer obras que funcionaron como un anclaje de la memoria, usando el Italpark, el
tocadiscos Winco o el Luna Park entre otros temas. El pasaje urbano donde aconteció esta escena está ausente, pero aún centellea cuando se lo evoca. No importa la veracidad de los recuerdos sino el fulgor con el que resplandecen.

Siguiendo este viaje hacia los inicios de Cohen, llega el fatídico 2006. Pablo Suárez se muere y el arte local queda huérfano. Se instala entones un profundo silencio. Cynthia le dedica dos obras. En “Movimiento exagerado para la conquista” cita “Flexibilización: Estos ejercicios le darán la elasticidad necesaria para enfrentar las exigencias del mundo contemporáneo”. Revierte el tono social del artista original para hacer un comentario irónico de la subjetividad femenina y el extremo sometimiento en el uso de estrategias para la seducción. La otra obra referida a su maestro proviene de una anécdota personal. Cuando Cynthia visitó a Suárez en el hospital Durand poco antes de que muriera, y vivió de manera cercana esa agonía que duró tres meses, pensó un trabajo. En arteBA 2007 , exhibió en el Barrio Joven del Espacio Chandon
una instalación, “Movilizada por el arte aprendí a contar”, en la que interpelaba la siempre contradictoria relación entre el prestigio del artista y el mercado del arte. Un cartel con un panel electrónico exhibía números que ascendían. Se refería al volumen de ventas que generaba la feria de arte. La cuantificación
registraba el consumo de obras, bares, librerías, editoriales y tickets de entrada. Los datos se cargaban en una computadora conectada al cartel, de manera que los números cambiaban a medida que se acrecentaban las ventas.

La contabilización era realizada por un grupo de personas que circulaban por la feria con una remera impresa con el texto “Arte no es realidad”. Se evidenciaba la diferencia entre precio y valor, los criterios de cuantificación en ferias de arte, la idea de arte y consumo, la mercantilización de la cultura y el concepto de éxito ligado a la venta. Un nuevo paradigma del siglo XXI donde las páginas de teoría en los suplementos culturales empezaban a ser sustituidas por las cifras pagadas en subastas, el marchand cambió por el dealer y el comprador amateur perdíó terreno con el avance del coleccionismo de inversión. Lo interesante de esa acción era que trabajó dentro del mismo sistema que señalaba, usando los mecanismos del mercado y el esponsoreo (Chandon y Grupo Gastronómico de Buenos Aires) para mostrar la convivencia de dos esferas que pocas veces tienen contacto entre sí, el mercado del arte con su exhibicionismo mediático y el mundo del arte.

Con el mismo tono, en 2010 diseñó junto Gian Paolo Minelli otra acción en su propio taller que por entonces era la usina de arte C.H.I.N.A, “ 25 unidades disponibles” . En este caso la venta de arte era una inversión inmobiliaria.

Cynthia habla de su vida, lo que la atraviesa y lo que está sucediendo en el mundo del arte, pero con el tono distanciado de una técnica precisa. Colores brillantes y dibujo impecable. Se acerca al Pop Art en la técnica, pero el relato remite a una mirada personal sobre ella y su entorno.

“Entrañablemente” fue una exposición en la que impacta el formato enorme casi demencial. Obras que eran como cartas, esquelas, firmadas entrañablemente por la propia artista. Una mujer gigante, un animal exasperado con la boca abierta, y textos muy chicos en los que se leían frases como “no me grites” o “polvo de estrellas de Jackson Pollock”.

En cada muestra y cada año hay series temáticas que varían de acuerdo a sus intereses. Son diferentes momentos de una misma puesta en escena. “Verde” fue una pausa metafísica con decorados art decó desolados. La ausencia absoluta de gente marcaba otra faceta con una sensación de clausura en una atmósfera muy nítida pero enrarecida y detenida en el tiempo.

Ese clima lo retoma en los fondos de sus gallos. Gallos de riña con un naturalismo extremo, enormes, en el instante perfecto de su apogeo como el boxeador ingresando al ring antes de la pelea. La violencia del animal se aplaca sobre un fondo resplandeciente y simbolista. El poder que emulan esos gallos se parece a los anillos de brillantes y las joyas de “Futuro brillante”. El poder económico de un objeto de lujo y la destreza física mostrados en el momento de su apogeo, antes de la pelea o de la caída del precio en la cartera de inversiones. Esos dos momentos superpuestos, esa doble posibilidad de mirada de Cohen
sobre el mundo, es muy notoria en los trabajos donde un personaje en un primer plano es colocado en un fondo que está pintado al revés. Como cuando está todo bien pero está mal. Más recientemente en la muestra “Bomba de Brillos.

Espectacular” esa doble mirada fue el punto de partida de cuadros giratorios. Obras cinético- plásticas, dándole al espectador la opción de cambiar el modo de colocar las obras al moverlas y uniendo ideas aparentemente opuestas.

Todo esto es el mundo Cohen. Con la herencia ineludible de su abuelo, Juan Carlos Faggioli al que visitaba en su taller en la Boca cuando era chica, y al que le rinde un sentido homenaje. Concibe una muestra donde no solo lo cita sino que vuelve a pintar sus cuadros cambiando el formato y su propia
manera de pintar, adoptando la gestualidad de la modernidad y la paleta amarronada de una época del arte argentino. Una vez Clorindo Testa me dijo que la manera de conocer a un artista es copiándolo, pero haciéndolo bien, de manera exacta. De allí surge la enseñanza tradicional de dibujar frente a un calco de una escultura clásica o frente a una obra maestra en un museo. Cynthia tuvo necesidad de comprender a su abuelo, el ganador del Primer Premio del Salón Nacional con la obra “ Pan Dulce”.


Cynthia no está incluida en las revisiones de los años 90. Tampoco está en el colectivo de arte Pintoras. Ni en las muestras institucionales. Es respetada por los artistas, los auténticos legitimadores.


Cynthia Cohen es exclusiva. Como Juan Carlos Faggioli.
Lo celebro.

POR LAURA BATKIS