Diego Bianchi – Imperialismo Minimalismo

Junio de 2006. N° 27.

Es exponente de una nueva tendencia que se manifiesta en el arte de la generación 2000: instalaciones con elementos en descomposición, olor, moscas, ruido. Laura Batkis se dejó provocar, se sacó los zapatos, subió una rampa y obtuvo esta entrevista y un par de moretones.

Diego Bianchi (1969) es diseñador gráfico. Estudió con Pablo Siquier y fue becario de Guillermo Kuitca. En 2002 hizo su primera muestra, en 2004 una obra suya fue adquirida por el Malba y acaba de presentar su muestra Imperialismo Minimalismo en la galería Alberto Sendrós. Usa todo el repertorio de estilos de la posmodernidad como un archivo de recursos que selecciona de manera fragmentaria. El situacionismo del arte de acción, la deshabituación del Dadá y el colorido consumista del pop. Para financiar su muestra, mandó la foto Tiempo compartido a cien personas con un texto en el que intimida a comprarla por cien pesos o devolverla. En la era del consumo, Bianchi nos devela las estrategias del marketing actual del capitalismo salvaje que promueve borrar el deseo personal con la dudosa ilusión de eliminar la angustia existencial bajo el amparo vip de una marca de cigarrillos.

Laura Batkis: ¿Cómo surgió el título de la muestra? 

Diego Bianchi: Siempre en mi trabajo existió una tensión secreta con el minimalismo y decidí finalmente explicitarla.

Pero tu muestra es completamente barroca y caótica…

Quise extender el concepto de minimalismo, redefinir el término, como alargarle la vida de alguna manera o darle otra chance. 

Históricamente, la definición del minimalismo es “menos es más”, ¿cuál es tu definición de esta tendencia? 

Si mirás las piezas de esta instalación individualmente, las operaciones son muy simples. Lo que sucede es que las situaciones son muchas y se superponen. Esa acumulación es la que lo contradice.  Aunque, como me apuntaron hace poco la definición misma del minimalismo lo que denota finalmente es la intención de conquistar más. No lo había pensado y me pareció revelador.

Usás el minimalismo para contradecirlo. 

Sí. El minimalismo usaba objetos específicos evitando todo referente. Yo utilizo objetos en el mismo sentido pero intento multiplicar en todo lo posible las referencias.

Como las fichas del juego de dama que son tapitas de gaseosas. 

Es un juego que representa una guerra, se trata de eliminar al otro y de conquistar su terreno. Reemplazo blancas y negras por tapitas con marcas, fijate que armé un tablero de Pepsi contra Coca Cola, Sprite contra Seven Up, Fanta contra Mirinda. 

Entonces el minimalismo se amplía al generar varias escenas simples que puestas todas juntas expanden el concepto mismo de lo minimal. 

El formato minimalista invadió todo, el arte, la música electrónica, la decoración, fue una década de bares de cemento alisado. La intención crítica en principio era dar cuenta de que el imperio del minimalismo tiene los días contados. Después encontré otros sentidos menos directos pero más interesantes para mí. Por ejemplo en la formación de un ejército: todos individuos idénticos parados unos detrás de los otros bajo estricta geometría, la disposición de productos en las vidrieras o en las góndolas. Leer eso como minimalismo y encontrarle sentido estético a ésas cosas me pareció importante. 

Como en la guerra de las plasticolas…

Sí, ejércitos de Uhus, el pegamento en barra contra las plasticolas escolares comunes. Elementos que por determinadas características desplazan a otros en el uso y en el mercado. El ejército amarillo, prolijo y eficiente es casualmente de origen alemán y avanza sobre las plasticotas nacionales color azul y blanco, arrinconadas y con muchas bajas en sus líneas. Las decenas de gorgojos devorando el pan también pueden ser vistos como un ejército o una horda. Había una banana entera que está como desinflada, se la fueron comiendo por adentro. 

Hay un tono de guerra por la supervivencia, de vencedores y vencidos. 

Sí, con esa intención usé también el camuflado, pero sobre cosas absurdas como una palita de limpieza, una mesita o un escobillón, me sumo a la manía de hacer fashion la guerra.

También pervertís el estilo, al poner los tubos de neón como referencia a Dan Flavin, pero en vez de estar encendidos son todos tubos quemados. Tomás los estilos del imperialismo del arte y los volvés berretas, banales, los bajás del pedestal del gran arte. 

Algo así. Lo contamino un poco, les falto el respeto o a la inversa transformo lo cartonero en decoración minimal. Como en las paredes armadas con “chapadur” recogidos de la calle, las dispuse prolijamente como si fueran lajas de una casa estilo Mar del Plata. Cuando estoy preparando una muestra me parece que todo puede caber dentro de la galería.

En los volcanes de barro con Fanta naranja y pomelo Quatro hay cierta ironía con el land art (intervenciones en el paisaje). Hay algo de naturaleza artificial adentro de una galería. 

Sí, porque además de pieza individuales, intento pensar la instalación como paisaje donde la experiencia urbana esté infiltrada y presente de todas formas. La carpa como posible vivienda dentro de ese contexto, las sequoias taladas, simuladas con contact madera, volcanes de barro pero con Fanta naranja y pomelo adentro. 

Imaginé al habitante de este lugar como si fuera un coleccionista de signos: atados de cigarrillos sin sus packs, ojotas y zapatillas viejas, libros de promoción de verano, rollitos de cartón del interior del papel higiénico, trapos viejos. Como un muestrario de recuerdos escogidos, como las tres “balerinas” en tres estados distintos de desgaste. Y a las remeras con inscripciones italianas las dispuse en el techo como una bandada. Son una invasión en Buenos Aires. Me sorprende cómo algo absolutamente banal puede transformarse de repente en un fenómeno tan masivo. 

Tu muestra parece una máquina de datos, hay una información abrumadora. 

Sí, uso la información que nos entra sin siquiera buscarla. Pensá toda la información que te llega en un diario el día domingo, incluidos los volantes y las publicidades que vienen adentro. Los puse como una cascada en la pared armando una competencia entre todos los diarios del domingo para ver quien tenía el mayor despliegue.

De algún modo registrás el paso del tiempo. Como en las frutas que se van pudriendo en el transcurso de la muestra. 

Hice una orgía de frutas, se tocan, se penetran unas a otras, lo que podría pasar en el cajón del fondo de alguna heladera trastocada, después se empiezan a pudrir y se contagian sus musgos. 

La palabra Imperialismo tiene connotaciones ideológicas. ¿Trabajaste con ese sentido del término? 

Sí, hay presencias omnipresentes en la vida cotidiana como el fútbol, las marcas, la música, la información, el ruido. Son cosas tan constantes que casi dejamos de verlas.

La invasión de las marcas como sitio de pertenencia a determinada tribu urbana. 

No hago un juicio moral al respecto, estoy atento a lo que sucede, las marcas le dan nombre a las fiestas y a los festivales más masivos, después yo no fumo un Camel, ni tomo Brahma. Como el fútbol que está en la tele de todos los bares o MTV, casi no lo vemos y lo que estamos escuchando simultáneamente es la música de la radio. Es dislexia. 

De pronto hay un tono local, como el hornero. 

Como una especie de resistencia natural, pero está en una condición invasora también, montado sobre un soporte  de televisor, en este paisaje reemplaza al árbol que es donde tendría que estar. 

Toda esta muestra es un gran combate. 

Sí, puede ser, me han dicho que tiene tono militarista. 

Inclusive en la manera en la que sometés al espectador a meterse en tu muestra, escalando una rampa casi colgado de una soga. 

Quería poner algún tipo de dificultad para verla. Pensé primero en la dificultad económica, que la gente tuviera que pagar para entrar. Después desistí y corrí el sentido hacia una dificultad de tipo física. Escalar, trepar, pasar los escalones y la plataforma donde ubiqué el escritorio de la recepcionista hasta cruzar del otro lado donde está este remanso pseudo natural, este refugio. Quería que el espectador tuviera que hacer un esfuerzo de voluntad,  pasar una prueba para poder ver la muestra, que entre en calor antes de empezar a ver. 

Como un happening. 

Sí, me gusta la obra del brasilero Oiticica, y de acá me interesa mucho todo el trabajo que hizo Marta Minujín. 

Si alguien no puede subir la rampa ¿no puede ver tu muestra? 

Me gustaría que pudieran subir todos, pero también era parte del concepto de este imperialismo – fascismo del que quería hablar.  Hay muchas situaciones de las que quedamos afuera por distintas razones. El mundo se organiza en grupos y hay recortes de todo tipo. Manifiesto un estado actual de cosas donde por ejemplo el ser joven es un salvoconducto. 

Todas las galerías del centro tienen escaleras de acceso, así pensé la rampa, si sos discapacitado, el arte contemporáneo argentino ya te había dejado afuera.

Hay que tener fuerza para ingresar, y después hacer un esfuerzo para tratar de entender qué es todo esto. 

No me preocupa tanto que la gente interprete lo que yo pensé. Ya sé que eso es muy difícil que suceda y tampoco tiene mayor sentido.  Prefiero generar una sensación atípica con cosas absolutamente familiares, generar situaciones estéticas a partir de las cosas que nos rodean, que pensemos juntos sobre ésas cosas.

POR LAURA BATKIS