La vida paralela

Javier Montoreano, Buenos Aires, 2024.

Javier Montoreano es un artista del margen, entendiendo con este término a los artistas que han trabajado con absoluta libertad del canon de la época, con total desinterés de la agenda curatorial que dictamina la temática del arte actual en la era de la globalización tecnológica. Cuando esto sucede, aparecen los artistas únicos. Javier no estuvo solo en este camino del arte argentino, y compartió, tal vez sin saberlo, un equipo de artistas de culto que comparten rasgos en común. Cuando conocí la obra de Javier, inmediatamente pensé en Florencio Molina Campos y Antonio Berni entre otros que voy a mencionar.

En 1931 Molina Campos pinta los calendarios de Alpargatas. Tal vez sea uno de los ejemplos más interesantes de pintura popular que fue dejada al margen de la historia del arte argentino por la elección de un género considerado menor: el humor gráfico. El mismo género que es primordial en la obra gráfica de Montoreano, especialmente en los dibujos realizados para el diario La Prensa, pero también en su pintura costumbrista. Molina pinta detalladamente los rasgos de los paisanos, sus gestos y vestimenta y traduce la oralidad de estos personajes con la elección de un lenguaje específico, la caricatura, que acentúa y exagera las expresiones, percibe lo peculiar y lo destaca. Tanto en Molina como en nuestro artista todo está visto a través de la lente del humor, pero no se trata de una sátira burlona sino de una hilaridad afectuosa en un clima de cordialidad risueña. Montoreano observa esos personajes anónimos de la vida cotidiana en la ciudad, los que no están en la cadena de la producción voraz. Son personas que están en pausa. Javier no celebra el gran acontecimiento sino las acciones pequeñas, como el que fuma el primer pucho, los que están sentados pensando, descansando, almorzando o simplemente existiendo como la profesora de baile o el que yace tranquilo en la confitería.

El realismo agudizado por una visión satírica de la realidad ubica las obras de Montoreano en una línea del arte argentino que lo liga con Antonio Berni, Pablo Suárez, Marcia Schvartz y Marcos López. En todos ellos hay una elección del lenguaje parodial, realista y popular, satirizando con una visión por momentos ácida tipologías sociales triunfantes de

avidez consumista, poniendo en primer plano al hombre común como al verdadero héroe de la resistencia pasiva.

En la fisonomía del argentino hay dos rasgos que son claves: el humor y la melancolía, como dos caras de la misma moneda que delatan una particular cosmovisión de la realidad. La melancolía llevada a su punto más extremo se encuentra en las letras del tango, donde el regodeo sentimental está anclado en la temática del abandono, del amor no correspondido, en la espera, y el malestar frente a situaciones sociales con un tono más crítico, como en Cambalache de Discépolo. El humor está insertado dentro de un panorama más amplio y complejo, que es la cultura cómica popular, con la riqueza de sus manifestaciones que abarcan la parodia, el grotesco, la sátira, la ironía y la burla. Es una vertiente crítica que usa fuentes marginales en contraposición al canon asumido como la norma de la cultura oficial. Es por ello que se mantiene siempre en una zona de frontera entre el arte y la vida, porque se ubica en la esfera de lo extra artístico, tomando rasgos de la caricatura, popular y todo lo que ha sido históricamente designado como un arte menor, carente de solemnidad y apartado del dominio del “gran arte”. Las obras de Javier denotan cierta melancolía, pero a la vez nos hacen reír y reflexionar. Nos interpelan sobre esa vida paralela que Javier señala, tan diferente a la que llevamos regularmente en nuestra vida urbana acelerada, y entonces sus trabajos nos intiman a preguntarnos sobre el sentido de nuestra existencia. La risa, con su carácter universal, ha sido siempre un arma poderosa para abolir provisionalmente las relaciones jerárquicas. La ambivalencia del humor permite que el artista establezca un juicio sobre la realidad comentada de manera oblicua, distanciada, con una fuerza regeneradora que provoca en el espectador una reflexión profunda sobre aquello que en un primer momento le resulta cómico.

A veces el margen se convierte en centro. Con su carrera silenciosa, Javier fue transitando un derrotero muy personal. Es admirable que haya elegido diseñar un modelo de vida propio, con el riesgo que implica alejarse de las convenciones sociales. Celebremos con el humor que nos dejan sus obras a este artista que nos ayuda a pensarnos como habitantes de este país, el más austral del hemisferio sur. Un lugar tan único y singular como Javier.

POR LAURA BATKIS